sábado, 2 de agosto de 2014

Francisco Tario: un escritor como pocos









..entretanto que un ser humano no haya aprendido a aceptar todas las mágicas posibilidades que nos ofrece la vida—aún aquellas que puedan parecernos más inadmisibles y remotas—, uno no podría tener la certeza de que ese ser existe plenamente, puesto que sólo de ese modo es como el hombre entra a formar parte de la vida tal cual es—poderosa y mágica, sorprendente—, y como, de paso, logrará honrar a Dios con justicia y rendir culto a su imaginación fantástica.

Fuera de programa
Francisco Tario



La magia de las palabras era, para Baudelaire, una fuerza capaz de mantener el orden del mundo. La literatura es entonces una suerte de tejido que mantiene a nuestra realidad unida, y cuando las letras fallan el universo como lo conocemos colapsa. El escritor es el demiurgo del cosmos: el poeta es atravesado por las fuerzas siderales para plasmar, en burdas palabras, su imagen, el poderío de las estrellas. El cuentista funge también como portador o comunicador de esta fuerza: Bioy Casares dijo que las ficciones fantásticas son anteriores a las letras, desde siempre la inteligencia ha soñado con otros mundos posibles.
Francisco Tario, nombre de pluma de Francisco Pélaez Vega, fue uno de estos hombres que se entregaron por completo a lo sagrado de su trabajo. Nos legó cuentos que de ser reconocidos en su tiempo compartirían lugar con las creaciones de Borges y de Cortázar, (quien esto escribe se contenta con ese pobre consuelo que otorga la imaginación: en una realidad alterna cualquiera, Francisco Tario es antologado por los conocedores del cuento hispanoamericano) así como nuestros grandes maestros de lo fantástico como Alfonso Reyes y Salvador Elizondo.
Los cuentos de La noche transpiran oscuridad, atmósferas dignas de un cuento de E.TA. Hoffmann, y verosimilitud. Que un escritor mexicano hable sobre el apetito sexual de un sacerdote en pleno velorio parece sorpresivo en los tiempos en que fue escrito, en la primera mitad del siglo pasado, que un traje piense y tenga sentimientos y le creamos al cuentista todo lo que nos dice, es una proeza de la narrativa. Un hombre como Tario, que hacía grabaciones caseras de Drácula, es hoy día una suerte de leyenda entre los lectores que gustamos de la literatura fuera de lo convencional.
Tario creía en la fuerza de los sueños, misma que terminó insuflada en sus historias. Los objetos y animales adquieren el poder de la palabra para contarnos sobre cosas que sabemos; la soledad, la tristeza, un odio incontenible a la vulgaridad del ser humano. Parafraseando a Baudelaire: se dice que el escritor debe ser un poeta, aún en la prosa. Francisco Pélaez lo consiguió de tal modo que sus historias rompieron los moldes que imperaban sobre el cuento. Aunque no le faltaron lectores de la talla de Octavio Paz o García Márquez, su obra parece destinada al olvido. Demasiado pocas son las ediciones de sus cuentos, y muy tibios son los intentos de difundir su obra.

Parece que la adoración de este escritor está destinada a una secta, una sociedad secreta que no tiene cuotas ni reuniones especiales, tú puedes ser el siguiente  iniciado: mañana un amigo tuyo podría llegar con una copia de La noche en su USB y pasártela para que la leas en tu computadora. Así fue como la recibí yo, de forma digital por un adepto que se tomó su tiempo para transcribir la genialidad de las obras de Tario a formato Word. 

Finalmente, les dejo tres cuentos de Francisco Tario:

viernes, 25 de julio de 2014

La última cacería: parte dos



2

El dolor en su hombro le hacía gemir en la oscuridad. El frío le daba temblores y los estornudos la cimbraban de forma que las rodillas, en contacto con el piso, le dolían cada vez más. Ya no gritaba, se dio cuenta que nadie iría a rescatarla y que los únicos seres vivos en ese lugar, además de ella, eran las cucarachas que se paseaban por el suelo. Su blusa estaba manchada de sangre y la tela se pegaba a su piel con un tacto húmedo. Ignoraba cómo es que se había cortado. Recordó que iba por la calle a ver a sus amigas en un café y después fue tragada por la oscuridad.
            Escuchó el ruido metálico de la persiana: las partes de acero en fricción le hicieron taparse los oídos con las manos. Lo primero que vio fue un par de zapatos blancos que esperaban del otro lado, después unos pantalones impecables del mismo color. La chica se desmayó.


Amaneció y no tenía pistas. Otra noche en vela sin información. Aunque le gustaba esa parte un poco: esperar tranquilo sin un riesgo real a su vida. Decidió irse a dormir. Las calles se llenaron de gente. Mientras llegaba su hogar se vio rodeado de estudiantes rumbo a la escuela y algunas mujeres que regresaban a sus casas, con los desayunos de leche y algunas piezas de pan dulce. Recordó cuando su mujer se levantaba temprano a comprar lo mismo: un litro de leche, un par de conchas de chocolate, todo en su mesa a las seis y media de la mañana.
            Antes de meterse a su casa vio al que atendía el puesto de revistas. Se acercó a él.
            —Buenos días, Gustavo—le dijo—, ¿ya le llegó el Diario 7?
            —Fíjese que no, don Julio—contestó —, pero cuando lleguen yo le mando uno a su casa.
            —Bueno, pero voy a estar dormido, ya sabe, trabajo de noche. Se lo pago de una vez, tome—dijo mientras sacaba veinte pesos.
            El vendedor tomó el dinero y regresó a su negocio. El cazador fue a su casa a dormir.


Despertó sobre el piso frío. Le dolía la garganta y las rodillas pero se dio cuenta que su hombro estaba bien. Se palpó en la oscuridad.
            —No te toques—dijo alguien a sus espaldas—, me costó trabajo curarte.
            Se volteó hacia la voz, que sonaba andrógina, y vio los pantalones blancos así como los zapatos y el saco. Se cubrió la cara con las manos, por instinto, y se puso a temblar.
            —No te haré daño—le dijo el hombre del traje blanco, sonriéndole—. Lo de antes no fue mi culpa: los brazos de Azathot son difíciles de controlar.
            La chica no entendió nada.
            — ¿Por qué haces esto?—le preguntó, vacilante.
            —Somos piezas en un tablero, niña—replicó él—. Alguien juega con nosotros al ajedrez.
            El extraño de blanco se acercó hacia ella con una sonrisa. La joven sintió miedo.
           


Sonó el despertador. La luz del día se filtraba por entre las cortinas directo a su cara. Eran las once. Enfundó su arma con la mano entumida por sostenerla toda la noche. Esta vez no había que perder tiempo, se tomó unos minutos para despejarse y salió de su casa. Al cruzar el pequeño patio que tenía frente a su puerta, encontró el periódico del día tirado en el piso, lo levantó para revisar el contenido. Nada fuera de lo normal: robos, una estafa y un secuestro. De la muerte de su informante ni siquiera una mención.  
            Los robos fueron cometidos a mano armada y en pleno día. De la estafa, solamente decían quién había sido el afectado y no hubo ningún asesinato. En cuanto al secuestro había algo que al parecer se ligaba con su línea de trabajo. Junto a la nota se encontraba una fotografía donde varios comercios se veían al fondo, entre ellos un café, y al pie de nota, la imagen de una muchacha abrazando a un perro.
                                            
La noche de este jueves tuvo lugar el secuestro de la joven Graciela Romero Chávez, mientras caminaba rumbo a un café ubicado en el centro de esta ciudad. Su padre, quien es propietario de algunos negocios de autopartes declaró: “Pagaré lo que sea por mi hija” Testigos del lugar informan haber visto a un hombre caminar con rapidez hacia la muchacha cuando bajó del automóvil. “El hombre vestía un traje blanco y caminaba sonriendo” declaró uno de los testigos.

Las personas que dicen haber visto a este hombre de blanco ya suman siete, cuatro de ellos estaban en el café antes mencionado. Aunque también es posible que se deba solamente a la histeria masiva que nuestra sociedad está generando, en donde la gente crea estos mitos urbanos como el “asesino blanco” del cual ya hemos oído bastante.

            Se fumó un cigarrillo y fue a la calle a continuar su búsqueda.


Deseaba que el secuestrador no le hubiera quitado su teléfono, estar  en casa, abrazar a su madre y tantas otras cosas. El baño de la bodega le daba náuseas y su estómago dolía, era como si quisieran matarla de hambre.
—Es una lástima—dijo el hombre de blanco a su lado, —no está funcionando.
            La joven pegó un grito al escucharlo. Había salido de la nada y regresó tal como se fue horas atrás: cuando fue tragado por las sombras.
            —Tendremos que hacer algo más contigo— el hombre se puso en cuclillas frente a ella, —algo que llame la atención.
            Un sudor frío corría por su espalda y su respiración se aceleraba. Podía sentir cada latido en sus labios.
— ¿Qué me va a hacer?—le preguntó al secuestrador, sollozando.
            —Aún no lo decido— el Asesino Blanco ladeó la cabeza mientras hablaba con ella.
—Déjeme ir.
El criminal sonrió
            —Eres deliciosa—dijo— de seguir con vida me habría enamorado de ti— se puso de pie. Caminó hacia atrás sin dejar de ver a la muchacha, el traje blanco se vio rodeado por las sombras.

La tarde avanzaba y la búsqueda no dio resultado. Ni el visitar el escenario del secuestro, ni la vigilancia en casa de la joven. Estaba frustrado, harto de no poder terminar ni con un cigarrillo. Tenía que encontrar al Asesino Blanco y pronto: los dolores en su pecho se hacían cada vez más fuertes. Mientras caminaba, decidió que lo mejor era despejarse, tomar un minuto para pensar mejor cómo es que iba a dar con el criminal. La calle céntrica se abría en dos sentidos, a lo lejos pudo ver el anuncio de un bar: “Los caídos”. Fue hacia él. Vio mejor el letrero: una silueta con dos alas, una blanca y otra negra, sostenía una copa con una mano, mientras con la otra acariciaba a un gato.
            Entró. La música del bar era la pista de un piano. El humo de cigarro formaba una nube sobre las cabezas de los hombres que bebían allí. Se acercó a la barra.
            —Una cerveza—pidió al cantinero. Un hombre con estrabismo y una sola ceja. 
            —Con gusto—dijo el hombre mientras se acercaba a él, meneando su joroba— ¿Oscura o clara?
            —Clara.
            —Sale una clara—dijo mientras iba al refrigerador.
            Julio pasó la mirada por el bar: dos viejos jugaban dominó en una mesa de metal con un logo despintado a medias sobre la superficie. En el lado contrario de la barra, un hombre inclinaba la cabeza sobre su tarro, la levantaba para dejarla caer otra vez. El cantinero regresó con la bebida y la dejó frente a él.
    ¿Cuánto le debo?—preguntó levantando la botella.
            —Son doce varos—dijo el barman.
            —Tenga—le alargó un billete de veinte—, guarde el cambio.
            —Gracias, deje le traigo una botana—dijo el cantinero mientras iba por un plato con cacahuates.
            Dio un trago a su bebida. El cantinero regresó con el plato y fue a atender al tipo del fondo de la barra, quien ya se había dormido.
            —Cómo hay gente que no sabe tomar, ¿verdad?—comentó una voz a su izquierda.
            Se volteó con rapidez para ver al que había hablado: un hombre en el banco junto al suyo. No lo escuchó llegar.
            —Sí—dijo al poco rato—, se las toman como agua y después se orinan en los pantalones.
            —Eso es cierto— el extraño soltó una carcajada—. ¿Tiene cigarrillos?
            —Sí— respondió Julio sacando la cajetilla.
            El hombre extrajo uno y sacó un encendedor dorado de entre los bolsillos de su saco.
            —Me llamo Roberto—le dijo.
—Yo soy Julio—respondió el cazador. Se estrecharon la mano.
Hubo silencio. El cantinero les llevó un par de limones partidos y regresó con el borracho de la esquina. Julio pensaba sobre su cacería, las muertes, su vida. La idea de que sin importar cuánto lo intentara nunca podría llegar con el asesino de su esposa comenzaba a deprimirlo. Estaba solo y sin ayuda. Recordó cuando fue a la estación de policía diciendo a los oficiales que un vampiro había asesinado a su mujer. Enfureció al recordar las risas de ellos.
—La vida es muy curiosa—dijo Roberto rompiendo el silencio.
El cazador salió de sus pensamientos.
    ¿Qué?—preguntó distraído Julio.
—Le decía que la vida es curiosa, mi amigo—continuó el otro—, y el mundo muy pequeño.
—Entiendo—respondió Julio fingiendo que sabía de lo que hablaba.
—No, no entiende—el hombre negó con la cabeza—, pero le explico: no creo que tenga algo mejor que hacer.
Aparte de vengar a mi esposa y matar vampiros, no, pensó el cazador—No mucho. —dijo al fin.
—Bueno, imagine a un plomero: él se dedica a lo suyo y arregla fugas todos los días. Pero, tal vez hay otros que hacen ese trabajo en la misma ciudad y ni siquiera se conocen.
—Sí, hay muchos plomeros aquí. —Julio hablaba con fastidio, la plática comenzaba a aburrirle.
—Pero no sólo plomeros—a Roberto no le importó la falta de entusiasmo del cazador y siguió hablando—: imagine a dos doctores, o dos mecánicos. ¿En qué trabaja usted?
—Soy exterminador—contestó con la misma falta de emoción en su voz.
—Interesante. ¿De qué clase?
El cazador dio un trago largo a su cerveza antes de responder: el sabor metálico le picó en la garganta.
—Bueno, me especializo en sanguijuelas y zancudos—dijo Julio al fin—. Todo lo que coma sangre—respondió intentando sonreír.
            —Pero en esta región no hay sanguijuelas: el clima no es muy húmedo que digamos.
            —Se sorprendería—dijo mirando su cerveza, ya casi la terminaba y tenía que regresar a la búsqueda.
            — ¿Y no tiene socios? Porque supongo que el trabajo de matar plagas ha de ser difícil. Además la ciudad es muy grande, ¿Cómo cree que usted solo va a poder cubrirla toda?
            —No conozco a otro que haga lo que yo— Julio dio un trago más—,  la paga es mínima. Creo que soy el único en la ciudad. —dijo después de terminarse la cerveza. Se levantó.
            —Nunca se sabe mi amigo— Roberto se llevó un puñado de cacahuates a la boca.
            El cazador salió de ahí.


Ya era de noche, el sol se había metido minutos antes y las sombras reinaban sobre la bodega. Tenía miedo y frío. Nunca había pasado una noche fuera de casa lejos de su familia o de su cama. Se puso a rezar.
            —No hay ningún Dios— le dijo una voz a su lado, con un susurro.
            La muchacha no se atrevió a seguir rezando pero tampoco respondió.
    ¿Ves? Sabes que yo tengo razón.
            La joven siguió sin responder.
            —Todos somos animales glorificados, tú, yo, tus santos—continuó el Asesino Blanco.
            Graciela no respondió.
—Estamos condenados a repetir nuestros actos, como histriones de una obra eterna. Ya estuvimos aquí antes y volveremos a ser. —El criminal cargó en brazos a la chica, que a pesar de resistirse no pudo hacer nada contra la fuerza de aquél. La joven vio cómo él la llevaba hacia el muro de ladrillo, justo antes de que sus ojos fueran bañados por la oscuridad.


La frustración iba en aumento. La noche ya había llegado y él estaba sin pistas. Lo peor de todo era que nadie era capaz de prestarle ayuda: no había nada sobre vampiros en los periódicos, es más, para la gente común su existencia no era real. Cómo puñetas no, si vengo cazándolos desde que uno de esos mamones acabó con mi familia, pensó.
            Había que revisar los hechos; toda su información era de los periódicos. Ese Asesino Blanco, por la forma en que deja a los que mata... Sé que no es humano, el muy hijo de la chingada es uno de ellos, pero no parece tener motivos para hacer lo que hace. Con estos pensamientos caminaba sin rumbo por la ciudad esperando una idea, cualquiera.
            Pasó junto a un puesto de tacos. Un televisor encendido que muy pocos clientes veían sintonizaba un canal de noticias y como la presentadora le gustaba al cazador éste se quedó viéndola. Se le ve bien ese escote, pensó. Se dispuso a caminar cuando el aparato perdió la señal con un zumbido. Aunque no era muy fuerte lo hizo detenerse y voltear a verlo. Los demás no dieron señales de haber notado ningún cambio, continuaron como si nada. Ve al sur de la ciudad, le dijo una voz conocida aunque no lo suficiente, hay un cine abandonado, muy grande, tienes que ir. Cerró los ojos un momento, cuando los abrió la imagen estaba normal y la gente seguía viendo el noticiero.
            Miró alrededor como si estuviera perdido. Era el colmo, aparte de no encontrar al vampiro aquél se volvía loco. Pero esa voz. ¿Dónde la había escuchado? No importaba, ¿o sí? Todo este asunto se ponía muy mal, sin pistas. ¿Qué tenía que perder? Trató de recordar en dónde había un cine abandonado y al sur de la ciudad.
Donde conoció a su mujer.
Detuvo un taxi y fue hacia allá.


—No tengas miedo—el semblante del secuestrador era neutral—. Ya hemos vivido esto, tu corazón latió como ahora muchas veces antes. La vida se formó y fue aniquilada una y otra vez, el universo se expandió hasta alcanzar su máximo esplendor para volver a unirse en un núcleo que daría origen a otro universo, siempre, sin detenerse. Todo en medio de la oscuridad—el Asesino Blanco olió la rosa que tenía entre los dedos.
La joven se limitó a verlo.
—Cuando vean el mural que voy a hacer con tu carne—continuó el criminal, como saliendo de un sueño—, ese idiota por fin va a encontrarme. Todo saldrá bien y tú serás una obra de arte.
La había amarrado de pies y manos. Con los ojos irritados de tanto llorar pudo ver las estrellas en lo alto. Sintió un viento frío que soplaba moviéndole los cabellos, mientras en su entrepierna, la tela se pegaba con su piel: se había orinado momentos atrás.
—Quizá en esta fracción de la historia infinita nos liberen a ambos—comentó el hombre de blanco antes de guardar silencio. Caminó hacia el borde del techo para saltar hacia abajo.
Tendida como estaba recorrió el lugar con la vista. Podía ver el concreto de la azotea, una compuerta blanca y cuadrada de mantenimiento y el cielo nocturno sobre todo eso. La superficie dura lastimaba sus costillas, se dio la vuelta girando el tronco y se acomodó mejor. No tenía ganas ni fuerzas para gritar. Estaba derrotada. Una lágrima de frustración recorrió su mejilla. Lloró.


miércoles, 16 de julio de 2014

La última cacería




1
Su informante había muerto. Vio el cuerpo cuando cruzó los escombros que se amontonaban frente al edificio en construcción: la luz de los faroles caía, amarilla, sobre las piernas flácidas que resaltaban en medio de un par de vigas. Las huellas en la tierra le dijeron que solo hubo un asesino; la forma con que el muerto estaba hundido en la grava, con un pico atravesando su torso, le hizo calcular la fuerza del ataque.
            Mierda, pensó mientras tensaba la mandíbula, no le dieron ni una sola oportunidad.
            «Trató de pelear», dijo en voz baja.
Se puso de pie y sacó la cajetilla roja con blanco. Con una sola mano extrajo un cigarrillo y después el encendedor: la mano derecha estaba cerrada, tensa, sobre el revólver. Encendió el mechero y dio una fumada. La taquicardia llegó de pronto.
«Sólo es un trabajo más», se dijo mientras luchaba por regular su respiración.
Le dio un último vistazo al informante y lamentó no poder hacerle un funeral. Se dio cuenta, no sin sorpresa, que estaba triste con su muerte. Saludó el cuerpo y se fue de allí.

Se levantó del sillón. Sus huesos crujieron mientras estiraba la espalda. Fue a la cocina abriéndose paso entre las botellas de mezcal que adornaban su sala. Descorrió las cortinas, las manchas viejas de grasa le pegaron la tela a sus dedos, y pudo ver el cielo nublado. Abrió la hielera, dentro había un aguacate podrido, media salchicha de color verde y tres cervezas. Tomó una lata y fue de nuevo a la sala. En el primer sorbo sintió una leve arritmia en el pecho. Lo de siempre: cada mañana su corazón le avisaba que requería de mantenimiento correctivo.
            El sabor de la cerveza tibia le dio náuseas. Ignoró la presión en su pecho mientras bebía, en silencio, de su lata. Al tercer trago dejó la bebida en el fregador y vio con felicidad que el paquete de galletas marías de la noche anterior aún no se terminaba. Una vez desayunado revisó la carga de su revólver. Introdujo el crucifijo de plata en su chaqueta y fue a su recámara por los dos últimos frascos de agua bendita: comenzaban a escasearle los sacerdotes creyentes y era más difícil conseguirla. Salió a la calle con la misma ropa del día anterior y con su cuchillo en la funda.
            Mientras caminaba recordó los años en que su casa estaba limpia, cuando alguien se preocupaba de su salud y le obligaba a visitar al cardiólogo con regularidad. Extrañó el cabello largo que veía cada mañana al despertar, cuando dormía en una cama. Sus caderas y la música de su risa, los platos de avena que le hacía comer sólo con fijar sus ojos en él. Era tan hermosa. 
            Compró un periódico: la prensa escrita era el lugar donde obtenía sus trabajos además de sus contactos en los bajos mundos, con las prostitutas y los adictos. Hace años había pensado en poner una oficina en un edificio de varios pisos, un rótulo en la puerta: “JULIO CARRASCO”, le diría a la gente que allí estaba un investigador. Nunca pudo ocurrir. Revisó el periódico por un rato hasta que encontró algo que mantuvo su atención:


SE ENCUENTRA VÍCTIMA DEL
ASESINO BLANCO

Jueves 12 de febrero

La ola de asesinatos aumenta ante la imposibilidad de las autoridades para resolver este problema. Quien se conoce como “El Asesino Blanco” sigue cobrando víctimas impunemente. Sin respetar edad ni sexo, este sanguinario ha venido sembrando la muerte en nuestras calles.

  Este criminal, que debe su apodo al traje blanco que viste, cobra una nueva víctima, y es que, a las 11:35 de este miércoles se encontró el cuerpo sin vida de un indigente sexagenario que respondía al mote de “El carrillas”, en las inmediaciones del centro deportivo de la Colonia Letras Ilustres, en la calle Emiliano González.

  Un testigo que vive cerca del lugar en que ocurrió el homicidio y que acostumbraba ingerir bebidas alcohólicas con el indigente, describió a la redacción el hallazgo que hizo del cuerpo después de ir por una botella de mezcal que tenía en su casa, para compartirla con su amigo, cuando al volver lo encontró sin vida, colgando de un poste de luz, boca abajo. En el suelo, encontró una rosa roja, característica del “Asesino Blanco”.
 
  Los servicios periciales reportan de manera extraoficial que el cuerpo del finado muestra señales de tortura con fuego y laceraciones profundas en el abdomen…



Cerró el periódico después de leer el resto de la nota, dio un vistazo alrededor recordando los días en que no había que preocuparse por ese tipo de cosas, cuando era más joven. Su carrera como ingeniero apenas comenzaba y el entrenamiento en el dojo atenuaba su mal cardiaco. La vida era buena. Un camión de basura, que pasó por la calle dejando una estela de humo, le obligó a salir de sus pensamientos. Aún había un cazador de vampiros en la ciudad. 

jueves, 10 de julio de 2014

SAGA: Ciencia Ficción, dos razas en guerra (una combate con magia y la otra con tecnología), bosques de cohetes y planetas que son embriones de bestias espaciales.



El año pasado uno de mis contactos posteó un enlace en mi muro de Facebook, me invitaba a compartir la experiencia que él tuvo con la lectura de Saga, un cómic que, me dijo, sería de mi agrado tanto que me convertiría en fan desde el primer número. No se equivocó: desde que abrí el link de descarga y cargué el primer archivo en mi lector de cbr s supe que esa historia era de las mías, aquellas que me definen como freak. La historia es de Brian K. Vaughan  y las ilustraciones de Fiona Staples.


 Así es como una idea se vuelve real


 “¿Me estoy cagando? Se siente como si me estuviera cagando”, es la primera línea de diálogo que sigue a la narración con que comienza el cómic. Vemos el rostro de una mujer morena de cabello oscuro con tinte verde, sus mejillas están sonrojadas y parece que hay sudor en su frente. En la segunda página se distingue que la joven tiene un par de alas y un hombre inspecciona el parto. “Pero las ideas son cosas muy frágiles”, continúa el narrador al pie de ese cuadro.

             Nace una niña, Hazel, quien es producto de la unión sexual de Alana, una madre nacida en Landfall, el planeta más grande de la galaxia donde sucede esta historia, que le aporta a su herencia genética la nada despreciable cualidad de poseer alas, y de Marko, proveniente de Wreath, el único satélite del enorme planeta mencionado antes, cuya raza se distingue por tener cuernos y hablar en esperanto.

            La narración corre por parte de Hazel, quien rememora los hechos acaecidos desde su nacimiento. En la historia vemos como la nueva familia tiene que escapar, pues ambos bandos buscan evitar a toda costa que se dé a conocer la noticia de hubo quienes dejaron de lado las armas para, en cambio, buscar el amor. Esta es una de las ideas principales que nos expresa a los lectores el guionista, por medio del Príncipe Robot IV, “Porque lo opuesto a la guerra es joder” (coger pues).




            Este robot (que me recuerda al del anime FLCL de Gainax) es uno de los perseguidores que tiene Hazel desde que nació, además de los caza recompensas, The Will y The Stalk. Esta última es una mujer araña de cabello rubio que, al parecer, tiene una relación con el primero. Además de las representaciones metafóricas de la realidad, como lo que sucede con los prisioneros de guerra y la explotación sexual de menores, Saga tiene una historia interesante. Alana es una mujer divertida y sorprendente humana que, confieso, hizo que me enamorara de ella.

            Uno de los puntos que rescato de este cómic, sin dejar de lado el fenómeno que está causando en las convenciones y círculos de geeks, es su mensaje en pro de la paz. Parece que esta unión amorosa entre Alana y Marko se da por influencia de una novela escrita por un cíclope, Mr. Heist, que la publica con el objetivo de crear lazos entre ambos bandos para terminar con esa guerra.

            Parafraseando una línea de Neil deGrasse Tyson en Cosmos: “El problema con los pueblos que glorifican sus hazañas militares es que terminan pereciendo por una de éstas”. Y es que estamos en una época en que todo o casi todo el entretenimiento que se vende y publicita en los medios está directa o indirectamente relacionado con la guerra y lo glorioso que es matar nazis, covenants o zergs. Aunque yo mismo soy consciente de lo divertido que es pasar cuatro o cinco horas jugando Starcraft en línea reconozco esta tendencia de las películas, videojuegos, cómics, novelas y demás productos enfocados al público joven.


           Izabel, la niñera fantasma de Hazel, es una adolescente con el abdomen escindido y sin piernas, cuyos intestinos astrales flotan debajo de su cuerpo. Su pueblo quedó en medio de la guerra y cuando hace su aparición en el cómic lo hace en medio de un grupo de niños fantasma que lucen marcas de violencia en sus cuerpos de ectoplasma. Por un lado Vaughan escribe estos escenarios y situaciones increíbles que le dan un toque especial a su historia y por el otro no deja de hablar, al menos con ciertas frases de los personajes, de los efectos colaterales que tiene el conflicto.





        Por si esto fuera poco, Fiona Staples se encarga de que el cómic sea una experiencia visual de otro nivel: los escenarios, planetas, bestias y una foca con piernas que ya vi incluso en peluche hacen que sea ésta una buena lectura para los que gustamos del género, y para los que no es una buena opción para acercarse a lo fantástico. Y por último, aunque leerlo en digital es fácil creo que es bueno comprarlo en impreso, primero porque es bueno apoyar estas iniciativas y segundo porque es coleccionable. 




miércoles, 9 de julio de 2014

La espiral en el desierto



Caminaba por el Desierto de Piedra con el cuello enrojecido por el sol. Su provisión de agua y el pan de viaje que había sacado de la villa no le duraron más que para tres días, ahora su estómago clamaba por alimento y bebida. Todo estaba en silencio, y únicamente sus pasos en la arena  acompañaban los latidos que, monótonos, martilleaban contra sus oídos. Tragó una masa de saliva, lo que secó aún más su lengua y paladar, antes de mirar hacia el cielo. A su alrededor se abría el laberinto de pedruscos que según la leyenda había sido labrado en una batalla en la que los gigantes se repartieron el continente. Confiaba en que los inquisidores de la Espada Flamígera no lo siguieran hasta esas latitudes, y tenía la esperanza, también, de que sus dos hermanos todavía niños y sus padres no fueran alcanzados por la venganza de aquellos hombres de fe.
Su delito fue el de ser testigo de la violación que el Supremo Sacerdote de la Espada Flamígera había acometido contra un joven vendedor de frutas que, huérfano de padre y madre, vagaba por las calles de la villa con canastas de mangos de Ishbatar y manzanas de Armethor. Cuando el eclesiástico le miró con esos ojos fríos y sin alma supo que nunca volvería a trabajar en su forja, y que jamás vería de nuevo a su familia.
En las noches dormía recargado contra las rocas del laberinto, miraba las estrellas en el cielo antes de ser invadido por el sopor. Creía que de sobrevivir al desierto y escapar hacia alguna de las grandes ciudades podría contarle a alguien sobre lo que había visto, y acaso escapar de la venganza con la que le amenazó el Supremo Sacerdote. Entre sueños creía escuchar voces que le llamaban, algunas de niños y otras más graves. No era capaz de entender lo que decían pero al mismo tiempo sentía la necesidad de saberlo. Deseaba conocer a esas gentes que le hablaban y quería, también, que ellos le amaran.
Al despertar aún quedaba un poco del sentimiento en su espíritu. Una mañana en que el sol comenzaba a clarear por sobre los contornos de la piedra se dio cuenta que ya no le quedaba más alimento y de que posiblemente iba a morir allí. Caminó sin rumbo por entre los corredores hasta que salió a un claro. Siete caminos contando el que le había conducido hasta allí confluían en un círculo pintado en las rocas. Una pequeña gruta salía de cada pasaje para formar un espiral dextrógiro que terminaba en el centro del claro. Avanzó, ya sin fuerzas, mientras volteaba a los alrededores en la búsqueda de un indicio que le dijera cuál camino tomar.
Se paró en el centro de la espiral, con una mano arrastraba su mochila vacía mientras con la otra llevaba la vejiga de buey que había cocido junto a su padre y que no hace muchas horas aún tenía algo para aliviar la sed que secaba su garganta. Sintió, más que vio, una luminosidad que brotaba de la piedra circular que lo sostenía. De pronto sus miembros se hicieron livianos y al mirarse reconoció el pantalón de trabajo que le había dado su madre el día de su cumpleaños, la tela estaba limpia y lucía como recién sacada del carro de los mercaderes ambulantes de Merath.
Sus dos hermanos vinieron a liberarlo de su carga. La pequeña le sonrió mientras que el niño sacaba una de sus canicas favoritas y se la mostraba entre el pulgar y el índice. Un par de voces los llamaron y al girar la cabeza pudo ver a sus padres que esperaban junto a uno de los caminos. Una multitud de seres apareció también para saludar al muchacho. Enanos de brazos gruesos y barbas rojas y negras. Un golem de roca que miraba sin expresión al pequeño hombre gato que hacía cabriolas frente a él. Dos elfos que tomados de la mano avanzaban entre la muchedumbre; la cabellera de ella era café y la de él negra.
Al amanecer del décimo día de búsqueda, los asesinos que eran acompañados por un acólito de la Espada Flamígera encontraron el cadáver del hijo mayor del herrero de la villa. Acordaron mentir sobre la muerte del muchacho y una vez cobrado por la familia completa, se repartirían una parte con el religioso.  

martes, 8 de julio de 2014

EL FARO




— ¡Alegre Baudelaire! ¡Señor de los iluminados! ¡Cuánto me alegra encontrarte aquí!—dije al reponerme de la sorpresa— ¡Por fin te conozco, dador de justicia! ¡Por ti sabemos que se puede ser inmortal naciendo pobre!
El maestro me miró por un momento para después voltearse hacia las nubes púrpura que flotaban sobre nosotros y habló:
— ¿Pero quién eres tú, muchacho?—me preguntó en un español perfecto que tal vez aprendió en el inframundo—. ¿Cómo es que me conoces? ¿Eres una alucinación del opio? ¿O tal vez un fantasma efímero del vino? Responde.
— ¡Con gusto, maestro! Llama de la razón—respondí sin prestar atención la planicie desierta en que nos encontrábamos. Un cruel viento helado soplaba desde un mar lejano que se abría más allá de un faro oscuro e imponente, el cual teníamos por única prueba de civilización—. Yo soy un discípulo tuyo, bueno, aunque no directo, he leído y disfrutado tus Flores del Mal y ahora me preparo para seguir tu camino.
— ¿Mi camino?—preguntó con sorpresa—. ¿Pero es que los hombres aún me recuerdan?
—Desde luego que sí, eres el ejemplo de muchos, entre ellos yo—contesté a mi héroe—: sabemos de tus sufrimientos y tu pobreza.
Una risa seca se dejó escuchar desde los labios del escritor.
El poeta caminó hacia el faro y yo le seguí, esperando algún secreto que pudiera serme revelado por aquél. Sin importarme dónde estaba yo, si había muerto o deliraba por alguna congestión alcohólica.
—Así que tú también eres un enamorado de la mujer y del vino—me dijo mientras caminábamos.
—Por supuesto que sí—le dije, indignado.
— ¿Un poeta?
—Lo intento.
Llegamos al faro y nos detuvimos. Contemplamos el mar. De pronto, el poeta avanzó hacia la puerta blanca, que contrastaba con la superficie negra de piedra, y la abrió.
—Fue un placer conocerte muchacho—me dijo mientras entraba—. Adiós.
—Pero, ¿me dejas?—pregunté, apremiado porque no me dejara afuera.
—Debo estar aquí, en mi faro.
— ¿Puedo entrar?
—Debes construir el tuyo—me contestó antes de cerrar la puerta.
— ¡Miserable!—exclamé furioso—. ¡Ya verás! Mi memoria opacará a la tuya y serás olvidado.
Fue entonces, cuando regresando al mundo vigil, desperté. Y hasta ahora he estado preocupado, quiero volver a soñar y disculparme.



Cuento publicado originalmente en la antología de Jóvenes Creadores del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Aguascalientes. Escrito con la beca otorgada en la convocatoria 2008-2009 del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico de Aguascalientes. 

COLONO

La sala de control brillaba con la luz de los monitores. Los datos numéricos eran leídos por el viajero en forma de dígitos que brillaban con un color verde. Su traje-cápsula flotaba con lentitud en medio del espacio que le era permitido por las líneas de neopreno que le tenían sujeto a las paredes metálicas. Afuera, las ventanas de carbono le mostraban uno de los polos marrones de la luna en la que su colonia orbitaba.       Terminado el trabajo, su cuota para merecer el alimento sintético que se le otorgaba por la manguera de servicio, separó los brazos mecánicos que tecleaban ecuaciones para fijar su vista sobre la superficie del satélite. Sus ojos, que miraban encima de la compuerta superior de su cápsula, observaron el cambio de luz en la luna que comenzaba a dejarse cubrir por la noche. Imaginó a los primeros colonizadores de aquellas regiones frías y lejanas del planeta hogar, ahora marcado por la guerra y la carencia; se pensó caminando como aquellos a los que había visto en las películas históricas en medio de paisajes diferentes.
Ignoraba cómo era su cuerpo: el color de su piel se le antojaba de un rosado pálido como vio en el colono cuya cápsula se había destruido en un accidente. Lo único que era capaz de verse eran los ojos: cada jornada, después de calcular las trayectorias de los cuerpos celestes circundantes y medir la fuerza gravitacional combinada por medio de vectores, se miraba en la ventana después de apagar la consola.
Cada día imaginaba a los hombres que pusieron su cuerpo, recién sacado de las máquinas de incubación, dentro de aquel huevo que sería su hogar hasta que muriera. Entrar en las salas de clonación era algo indecente, a menos que se formara parte del clan que desde tiempos inmemoriales era el encargado de dirigir la procreación de la raza. Por eso mismo el funcionamiento de su cápsula así como el aspecto de un recién creado le eran desconocidos.  
Lo que sabía le fue enseñado por los proyectores de educación que le dijeron todo sobre la historia de la gloriosa especie humana que había salido de su pequeño planeta colonizando otros sistemas; supo, desde su juventud, cómo se había pasado de una vida bárbara en medio de alimentos saturados en grasas y una procreación sexual, al nuevo estilo puro dedicado al progreso. Rió con un susurro que apenas alcanzó a salir de su coraza, al recordar la película donde veía a un hombre de los tiempos antiguos besando a una mujer: le parecía ridículo.
Después del descanso separó su traje-cápsula para regresar al trabajo mientras que una alarma luminosa comenzaba a parpadear en su consola. Al encender el monitor, fue capaz de observar las riadas de números que le advertían de serias fluctuaciones en el campo magnético de la estrella que dominaba el sistema. Un resplandor cegó por un momento sus ojos.
            Las naves de limpieza llegaron después de recorrer unidades astronómicas. Enjambres de cápsulas tripuladas salieron de los transbordadores. Los brazos robóticos recogieron pedazos de metal que después serían reutilizados en otra colonia, mientras que grupos pequeños se repartían por los escombros flotantes, en busca de cadáveres. Fue entonces cuando una pareja encontró al matemático cuya cabeza calva mostraba una herida profunda. Sintieron un malestar al ver el cuerpo fuera del traje que se había hecho pedazos en la colisión: las extremidades eran pequeñas, la piel pálida y lampiña.


Cuento publicado originalmente en la antología de Jóvenes Creadores del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Aguascalientes. Escrito con la beca otorgada en la convocatoria 2008-2009 del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico de Aguascalientes.