Caminaba por el Desierto de Piedra con el cuello enrojecido por el sol. Su provisión de agua y el pan de viaje que había sacado de la villa no le duraron más que para tres días, ahora su estómago clamaba por alimento y bebida. Todo estaba en silencio, y únicamente sus pasos en la arena acompañaban los latidos que, monótonos, martilleaban contra sus oídos. Tragó una masa de saliva, lo que secó aún más su lengua y paladar, antes de mirar hacia el cielo. A su alrededor se abría el laberinto de pedruscos que según la leyenda había sido labrado en una batalla en la que los gigantes se repartieron el continente. Confiaba en que los inquisidores de la Espada Flamígera no lo siguieran hasta esas latitudes, y tenía la esperanza, también, de que sus dos hermanos todavía niños y sus padres no fueran alcanzados por la venganza de aquellos hombres de fe.
Su delito fue el de ser testigo de la
violación que el Supremo Sacerdote de la Espada Flamígera había acometido
contra un joven vendedor de frutas que, huérfano de padre y madre, vagaba por
las calles de la villa con canastas de mangos de Ishbatar y manzanas de
Armethor. Cuando el eclesiástico le miró con esos ojos fríos y sin alma supo
que nunca volvería a trabajar en su forja, y que jamás vería de nuevo a su
familia.
En las noches dormía recargado contra
las rocas del laberinto, miraba las estrellas en el cielo antes de ser invadido
por el sopor. Creía que de sobrevivir al desierto y escapar hacia alguna de las
grandes ciudades podría contarle a alguien sobre lo que había visto, y acaso
escapar de la venganza con la que le amenazó el Supremo Sacerdote. Entre sueños
creía escuchar voces que le llamaban, algunas de niños y otras más graves. No
era capaz de entender lo que decían pero al mismo tiempo sentía la necesidad de
saberlo. Deseaba conocer a esas gentes que le hablaban y quería, también, que
ellos le amaran.
Al despertar aún quedaba un poco del
sentimiento en su espíritu. Una mañana en que el sol comenzaba a clarear por
sobre los contornos de la piedra se dio cuenta que ya no le quedaba más
alimento y de que posiblemente iba a morir allí. Caminó sin rumbo por entre los
corredores hasta que salió a un claro. Siete caminos contando el que le había
conducido hasta allí confluían en un círculo pintado en las rocas. Una pequeña
gruta salía de cada pasaje para formar un espiral dextrógiro que terminaba en
el centro del claro. Avanzó, ya sin fuerzas, mientras volteaba a los
alrededores en la búsqueda de un indicio que le dijera cuál camino tomar.
Se paró en el centro de la espiral, con
una mano arrastraba su mochila vacía mientras con la otra llevaba la vejiga de
buey que había cocido junto a su padre y que no hace muchas horas aún tenía
algo para aliviar la sed que secaba su garganta. Sintió, más que vio, una
luminosidad que brotaba de la piedra circular que lo sostenía. De pronto sus
miembros se hicieron livianos y al mirarse reconoció el pantalón de trabajo que
le había dado su madre el día de su cumpleaños, la tela estaba limpia y lucía
como recién sacada del carro de los mercaderes ambulantes de Merath.
Sus dos hermanos vinieron a liberarlo de
su carga. La pequeña le sonrió mientras que el niño sacaba una de sus canicas
favoritas y se la mostraba entre el pulgar y el índice. Un par de voces los
llamaron y al girar la cabeza pudo ver a sus padres que esperaban junto a uno
de los caminos. Una multitud de seres apareció también para saludar al
muchacho. Enanos de brazos gruesos y barbas rojas y negras. Un golem de roca
que miraba sin expresión al pequeño hombre gato que hacía cabriolas frente a
él. Dos elfos que tomados de la mano avanzaban entre la muchedumbre; la
cabellera de ella era café y la de él negra.
Al amanecer del décimo día de búsqueda,
los asesinos que eran acompañados por un acólito de la Espada Flamígera encontraron
el cadáver del hijo mayor del herrero de la villa. Acordaron mentir sobre la
muerte del muchacho y una vez cobrado por la familia completa, se repartirían
una parte con el religioso.

No hay comentarios:
Publicar un comentario