martes, 8 de julio de 2014

COLONO

La sala de control brillaba con la luz de los monitores. Los datos numéricos eran leídos por el viajero en forma de dígitos que brillaban con un color verde. Su traje-cápsula flotaba con lentitud en medio del espacio que le era permitido por las líneas de neopreno que le tenían sujeto a las paredes metálicas. Afuera, las ventanas de carbono le mostraban uno de los polos marrones de la luna en la que su colonia orbitaba.       Terminado el trabajo, su cuota para merecer el alimento sintético que se le otorgaba por la manguera de servicio, separó los brazos mecánicos que tecleaban ecuaciones para fijar su vista sobre la superficie del satélite. Sus ojos, que miraban encima de la compuerta superior de su cápsula, observaron el cambio de luz en la luna que comenzaba a dejarse cubrir por la noche. Imaginó a los primeros colonizadores de aquellas regiones frías y lejanas del planeta hogar, ahora marcado por la guerra y la carencia; se pensó caminando como aquellos a los que había visto en las películas históricas en medio de paisajes diferentes.
Ignoraba cómo era su cuerpo: el color de su piel se le antojaba de un rosado pálido como vio en el colono cuya cápsula se había destruido en un accidente. Lo único que era capaz de verse eran los ojos: cada jornada, después de calcular las trayectorias de los cuerpos celestes circundantes y medir la fuerza gravitacional combinada por medio de vectores, se miraba en la ventana después de apagar la consola.
Cada día imaginaba a los hombres que pusieron su cuerpo, recién sacado de las máquinas de incubación, dentro de aquel huevo que sería su hogar hasta que muriera. Entrar en las salas de clonación era algo indecente, a menos que se formara parte del clan que desde tiempos inmemoriales era el encargado de dirigir la procreación de la raza. Por eso mismo el funcionamiento de su cápsula así como el aspecto de un recién creado le eran desconocidos.  
Lo que sabía le fue enseñado por los proyectores de educación que le dijeron todo sobre la historia de la gloriosa especie humana que había salido de su pequeño planeta colonizando otros sistemas; supo, desde su juventud, cómo se había pasado de una vida bárbara en medio de alimentos saturados en grasas y una procreación sexual, al nuevo estilo puro dedicado al progreso. Rió con un susurro que apenas alcanzó a salir de su coraza, al recordar la película donde veía a un hombre de los tiempos antiguos besando a una mujer: le parecía ridículo.
Después del descanso separó su traje-cápsula para regresar al trabajo mientras que una alarma luminosa comenzaba a parpadear en su consola. Al encender el monitor, fue capaz de observar las riadas de números que le advertían de serias fluctuaciones en el campo magnético de la estrella que dominaba el sistema. Un resplandor cegó por un momento sus ojos.
            Las naves de limpieza llegaron después de recorrer unidades astronómicas. Enjambres de cápsulas tripuladas salieron de los transbordadores. Los brazos robóticos recogieron pedazos de metal que después serían reutilizados en otra colonia, mientras que grupos pequeños se repartían por los escombros flotantes, en busca de cadáveres. Fue entonces cuando una pareja encontró al matemático cuya cabeza calva mostraba una herida profunda. Sintieron un malestar al ver el cuerpo fuera del traje que se había hecho pedazos en la colisión: las extremidades eran pequeñas, la piel pálida y lampiña.


Cuento publicado originalmente en la antología de Jóvenes Creadores del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Aguascalientes. Escrito con la beca otorgada en la convocatoria 2008-2009 del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico de Aguascalientes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario