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Su informante había muerto. Vio el cuerpo cuando cruzó los escombros que se amontonaban frente al edificio en construcción: la luz de los faroles caía, amarilla, sobre las piernas flácidas que resaltaban en medio de un par de vigas. Las huellas en la tierra le dijeron que solo hubo un asesino; la forma con que el muerto estaba hundido en la grava, con un pico atravesando su torso, le hizo calcular la fuerza del ataque.
Mierda, pensó mientras tensaba la mandíbula, no le dieron ni una sola oportunidad.
«Trató de pelear», dijo en voz baja.
Se
puso de pie y sacó la cajetilla roja con blanco. Con una sola mano extrajo un
cigarrillo y después el encendedor: la mano derecha estaba cerrada, tensa,
sobre el revólver. Encendió el mechero y dio una fumada. La taquicardia llegó
de pronto.
«Sólo es
un trabajo más», se dijo mientras luchaba por regular su respiración.
Le dio
un último vistazo al informante y lamentó no poder hacerle un funeral. Se dio
cuenta, no sin sorpresa, que estaba triste con su muerte. Saludó el cuerpo y se
fue de allí.
Se
levantó del sillón. Sus huesos crujieron mientras estiraba la espalda. Fue a la
cocina abriéndose paso entre las botellas de mezcal que adornaban su sala.
Descorrió las cortinas, las manchas viejas de grasa le pegaron la tela a sus
dedos, y pudo ver el cielo nublado. Abrió la hielera, dentro había un aguacate
podrido, media salchicha de color verde y tres cervezas. Tomó una lata y fue de
nuevo a la sala. En el primer sorbo sintió una leve arritmia en el pecho. Lo de
siempre: cada mañana su corazón le avisaba que requería de mantenimiento
correctivo.
El sabor de la cerveza tibia le dio
náuseas. Ignoró la presión en su pecho mientras bebía, en silencio, de su lata.
Al tercer trago dejó la bebida en el fregador y vio con felicidad que el
paquete de galletas marías de la noche anterior aún no se terminaba. Una vez
desayunado revisó la carga de su revólver. Introdujo el crucifijo de plata en
su chaqueta y fue a su recámara por los dos últimos frascos de agua bendita:
comenzaban a escasearle los sacerdotes creyentes y era más difícil conseguirla.
Salió a la calle con la misma ropa del día anterior y con su cuchillo en la
funda.
Mientras caminaba recordó los años
en que su casa estaba limpia, cuando alguien se preocupaba de su salud y le
obligaba a visitar al cardiólogo con regularidad. Extrañó el cabello largo que
veía cada mañana al despertar, cuando dormía en una cama. Sus caderas y la
música de su risa, los platos de avena que le hacía comer sólo con fijar sus
ojos en él. Era tan hermosa.
Compró un periódico: la prensa
escrita era el lugar donde obtenía sus trabajos además de sus contactos en los
bajos mundos, con las prostitutas y los adictos. Hace años había pensado en
poner una oficina en un edificio de varios pisos, un rótulo en la puerta:
“JULIO CARRASCO”, le diría a la gente que allí estaba un investigador. Nunca
pudo ocurrir. Revisó el periódico por un rato hasta que encontró algo que
mantuvo su atención:
SE
ENCUENTRA VÍCTIMA DEL
ASESINO
BLANCO
Jueves
12 de febrero
La ola de asesinatos aumenta ante la
imposibilidad de las autoridades para resolver este problema. Quien se conoce
como “El Asesino Blanco” sigue cobrando víctimas impunemente. Sin respetar edad
ni sexo, este sanguinario ha venido sembrando la muerte en nuestras calles.
Este
criminal, que debe su apodo al traje blanco que viste, cobra una nueva víctima,
y es que, a las 11:35 de este miércoles se encontró el cuerpo sin vida de un
indigente sexagenario que respondía al mote de “El carrillas”, en las inmediaciones
del centro deportivo de la Colonia Letras Ilustres, en la calle Emiliano
González.
Un
testigo que vive cerca del lugar en que ocurrió el homicidio y que acostumbraba
ingerir bebidas alcohólicas con el indigente, describió a la redacción el
hallazgo que hizo del cuerpo después de ir por una botella de mezcal que tenía
en su casa, para compartirla con su amigo, cuando al volver lo encontró sin
vida, colgando de un poste de luz, boca abajo. En el suelo, encontró una rosa
roja, característica del “Asesino Blanco”.
Los
servicios periciales reportan de manera extraoficial que el cuerpo del finado
muestra señales de tortura con fuego y laceraciones profundas en el abdomen…

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