viernes, 25 de julio de 2014

La última cacería: parte dos



2

El dolor en su hombro le hacía gemir en la oscuridad. El frío le daba temblores y los estornudos la cimbraban de forma que las rodillas, en contacto con el piso, le dolían cada vez más. Ya no gritaba, se dio cuenta que nadie iría a rescatarla y que los únicos seres vivos en ese lugar, además de ella, eran las cucarachas que se paseaban por el suelo. Su blusa estaba manchada de sangre y la tela se pegaba a su piel con un tacto húmedo. Ignoraba cómo es que se había cortado. Recordó que iba por la calle a ver a sus amigas en un café y después fue tragada por la oscuridad.
            Escuchó el ruido metálico de la persiana: las partes de acero en fricción le hicieron taparse los oídos con las manos. Lo primero que vio fue un par de zapatos blancos que esperaban del otro lado, después unos pantalones impecables del mismo color. La chica se desmayó.


Amaneció y no tenía pistas. Otra noche en vela sin información. Aunque le gustaba esa parte un poco: esperar tranquilo sin un riesgo real a su vida. Decidió irse a dormir. Las calles se llenaron de gente. Mientras llegaba su hogar se vio rodeado de estudiantes rumbo a la escuela y algunas mujeres que regresaban a sus casas, con los desayunos de leche y algunas piezas de pan dulce. Recordó cuando su mujer se levantaba temprano a comprar lo mismo: un litro de leche, un par de conchas de chocolate, todo en su mesa a las seis y media de la mañana.
            Antes de meterse a su casa vio al que atendía el puesto de revistas. Se acercó a él.
            —Buenos días, Gustavo—le dijo—, ¿ya le llegó el Diario 7?
            —Fíjese que no, don Julio—contestó —, pero cuando lleguen yo le mando uno a su casa.
            —Bueno, pero voy a estar dormido, ya sabe, trabajo de noche. Se lo pago de una vez, tome—dijo mientras sacaba veinte pesos.
            El vendedor tomó el dinero y regresó a su negocio. El cazador fue a su casa a dormir.


Despertó sobre el piso frío. Le dolía la garganta y las rodillas pero se dio cuenta que su hombro estaba bien. Se palpó en la oscuridad.
            —No te toques—dijo alguien a sus espaldas—, me costó trabajo curarte.
            Se volteó hacia la voz, que sonaba andrógina, y vio los pantalones blancos así como los zapatos y el saco. Se cubrió la cara con las manos, por instinto, y se puso a temblar.
            —No te haré daño—le dijo el hombre del traje blanco, sonriéndole—. Lo de antes no fue mi culpa: los brazos de Azathot son difíciles de controlar.
            La chica no entendió nada.
            — ¿Por qué haces esto?—le preguntó, vacilante.
            —Somos piezas en un tablero, niña—replicó él—. Alguien juega con nosotros al ajedrez.
            El extraño de blanco se acercó hacia ella con una sonrisa. La joven sintió miedo.
           


Sonó el despertador. La luz del día se filtraba por entre las cortinas directo a su cara. Eran las once. Enfundó su arma con la mano entumida por sostenerla toda la noche. Esta vez no había que perder tiempo, se tomó unos minutos para despejarse y salió de su casa. Al cruzar el pequeño patio que tenía frente a su puerta, encontró el periódico del día tirado en el piso, lo levantó para revisar el contenido. Nada fuera de lo normal: robos, una estafa y un secuestro. De la muerte de su informante ni siquiera una mención.  
            Los robos fueron cometidos a mano armada y en pleno día. De la estafa, solamente decían quién había sido el afectado y no hubo ningún asesinato. En cuanto al secuestro había algo que al parecer se ligaba con su línea de trabajo. Junto a la nota se encontraba una fotografía donde varios comercios se veían al fondo, entre ellos un café, y al pie de nota, la imagen de una muchacha abrazando a un perro.
                                            
La noche de este jueves tuvo lugar el secuestro de la joven Graciela Romero Chávez, mientras caminaba rumbo a un café ubicado en el centro de esta ciudad. Su padre, quien es propietario de algunos negocios de autopartes declaró: “Pagaré lo que sea por mi hija” Testigos del lugar informan haber visto a un hombre caminar con rapidez hacia la muchacha cuando bajó del automóvil. “El hombre vestía un traje blanco y caminaba sonriendo” declaró uno de los testigos.

Las personas que dicen haber visto a este hombre de blanco ya suman siete, cuatro de ellos estaban en el café antes mencionado. Aunque también es posible que se deba solamente a la histeria masiva que nuestra sociedad está generando, en donde la gente crea estos mitos urbanos como el “asesino blanco” del cual ya hemos oído bastante.

            Se fumó un cigarrillo y fue a la calle a continuar su búsqueda.


Deseaba que el secuestrador no le hubiera quitado su teléfono, estar  en casa, abrazar a su madre y tantas otras cosas. El baño de la bodega le daba náuseas y su estómago dolía, era como si quisieran matarla de hambre.
—Es una lástima—dijo el hombre de blanco a su lado, —no está funcionando.
            La joven pegó un grito al escucharlo. Había salido de la nada y regresó tal como se fue horas atrás: cuando fue tragado por las sombras.
            —Tendremos que hacer algo más contigo— el hombre se puso en cuclillas frente a ella, —algo que llame la atención.
            Un sudor frío corría por su espalda y su respiración se aceleraba. Podía sentir cada latido en sus labios.
— ¿Qué me va a hacer?—le preguntó al secuestrador, sollozando.
            —Aún no lo decido— el Asesino Blanco ladeó la cabeza mientras hablaba con ella.
—Déjeme ir.
El criminal sonrió
            —Eres deliciosa—dijo— de seguir con vida me habría enamorado de ti— se puso de pie. Caminó hacia atrás sin dejar de ver a la muchacha, el traje blanco se vio rodeado por las sombras.

La tarde avanzaba y la búsqueda no dio resultado. Ni el visitar el escenario del secuestro, ni la vigilancia en casa de la joven. Estaba frustrado, harto de no poder terminar ni con un cigarrillo. Tenía que encontrar al Asesino Blanco y pronto: los dolores en su pecho se hacían cada vez más fuertes. Mientras caminaba, decidió que lo mejor era despejarse, tomar un minuto para pensar mejor cómo es que iba a dar con el criminal. La calle céntrica se abría en dos sentidos, a lo lejos pudo ver el anuncio de un bar: “Los caídos”. Fue hacia él. Vio mejor el letrero: una silueta con dos alas, una blanca y otra negra, sostenía una copa con una mano, mientras con la otra acariciaba a un gato.
            Entró. La música del bar era la pista de un piano. El humo de cigarro formaba una nube sobre las cabezas de los hombres que bebían allí. Se acercó a la barra.
            —Una cerveza—pidió al cantinero. Un hombre con estrabismo y una sola ceja. 
            —Con gusto—dijo el hombre mientras se acercaba a él, meneando su joroba— ¿Oscura o clara?
            —Clara.
            —Sale una clara—dijo mientras iba al refrigerador.
            Julio pasó la mirada por el bar: dos viejos jugaban dominó en una mesa de metal con un logo despintado a medias sobre la superficie. En el lado contrario de la barra, un hombre inclinaba la cabeza sobre su tarro, la levantaba para dejarla caer otra vez. El cantinero regresó con la bebida y la dejó frente a él.
    ¿Cuánto le debo?—preguntó levantando la botella.
            —Son doce varos—dijo el barman.
            —Tenga—le alargó un billete de veinte—, guarde el cambio.
            —Gracias, deje le traigo una botana—dijo el cantinero mientras iba por un plato con cacahuates.
            Dio un trago a su bebida. El cantinero regresó con el plato y fue a atender al tipo del fondo de la barra, quien ya se había dormido.
            —Cómo hay gente que no sabe tomar, ¿verdad?—comentó una voz a su izquierda.
            Se volteó con rapidez para ver al que había hablado: un hombre en el banco junto al suyo. No lo escuchó llegar.
            —Sí—dijo al poco rato—, se las toman como agua y después se orinan en los pantalones.
            —Eso es cierto— el extraño soltó una carcajada—. ¿Tiene cigarrillos?
            —Sí— respondió Julio sacando la cajetilla.
            El hombre extrajo uno y sacó un encendedor dorado de entre los bolsillos de su saco.
            —Me llamo Roberto—le dijo.
—Yo soy Julio—respondió el cazador. Se estrecharon la mano.
Hubo silencio. El cantinero les llevó un par de limones partidos y regresó con el borracho de la esquina. Julio pensaba sobre su cacería, las muertes, su vida. La idea de que sin importar cuánto lo intentara nunca podría llegar con el asesino de su esposa comenzaba a deprimirlo. Estaba solo y sin ayuda. Recordó cuando fue a la estación de policía diciendo a los oficiales que un vampiro había asesinado a su mujer. Enfureció al recordar las risas de ellos.
—La vida es muy curiosa—dijo Roberto rompiendo el silencio.
El cazador salió de sus pensamientos.
    ¿Qué?—preguntó distraído Julio.
—Le decía que la vida es curiosa, mi amigo—continuó el otro—, y el mundo muy pequeño.
—Entiendo—respondió Julio fingiendo que sabía de lo que hablaba.
—No, no entiende—el hombre negó con la cabeza—, pero le explico: no creo que tenga algo mejor que hacer.
Aparte de vengar a mi esposa y matar vampiros, no, pensó el cazador—No mucho. —dijo al fin.
—Bueno, imagine a un plomero: él se dedica a lo suyo y arregla fugas todos los días. Pero, tal vez hay otros que hacen ese trabajo en la misma ciudad y ni siquiera se conocen.
—Sí, hay muchos plomeros aquí. —Julio hablaba con fastidio, la plática comenzaba a aburrirle.
—Pero no sólo plomeros—a Roberto no le importó la falta de entusiasmo del cazador y siguió hablando—: imagine a dos doctores, o dos mecánicos. ¿En qué trabaja usted?
—Soy exterminador—contestó con la misma falta de emoción en su voz.
—Interesante. ¿De qué clase?
El cazador dio un trago largo a su cerveza antes de responder: el sabor metálico le picó en la garganta.
—Bueno, me especializo en sanguijuelas y zancudos—dijo Julio al fin—. Todo lo que coma sangre—respondió intentando sonreír.
            —Pero en esta región no hay sanguijuelas: el clima no es muy húmedo que digamos.
            —Se sorprendería—dijo mirando su cerveza, ya casi la terminaba y tenía que regresar a la búsqueda.
            — ¿Y no tiene socios? Porque supongo que el trabajo de matar plagas ha de ser difícil. Además la ciudad es muy grande, ¿Cómo cree que usted solo va a poder cubrirla toda?
            —No conozco a otro que haga lo que yo— Julio dio un trago más—,  la paga es mínima. Creo que soy el único en la ciudad. —dijo después de terminarse la cerveza. Se levantó.
            —Nunca se sabe mi amigo— Roberto se llevó un puñado de cacahuates a la boca.
            El cazador salió de ahí.


Ya era de noche, el sol se había metido minutos antes y las sombras reinaban sobre la bodega. Tenía miedo y frío. Nunca había pasado una noche fuera de casa lejos de su familia o de su cama. Se puso a rezar.
            —No hay ningún Dios— le dijo una voz a su lado, con un susurro.
            La muchacha no se atrevió a seguir rezando pero tampoco respondió.
    ¿Ves? Sabes que yo tengo razón.
            La joven siguió sin responder.
            —Todos somos animales glorificados, tú, yo, tus santos—continuó el Asesino Blanco.
            Graciela no respondió.
—Estamos condenados a repetir nuestros actos, como histriones de una obra eterna. Ya estuvimos aquí antes y volveremos a ser. —El criminal cargó en brazos a la chica, que a pesar de resistirse no pudo hacer nada contra la fuerza de aquél. La joven vio cómo él la llevaba hacia el muro de ladrillo, justo antes de que sus ojos fueran bañados por la oscuridad.


La frustración iba en aumento. La noche ya había llegado y él estaba sin pistas. Lo peor de todo era que nadie era capaz de prestarle ayuda: no había nada sobre vampiros en los periódicos, es más, para la gente común su existencia no era real. Cómo puñetas no, si vengo cazándolos desde que uno de esos mamones acabó con mi familia, pensó.
            Había que revisar los hechos; toda su información era de los periódicos. Ese Asesino Blanco, por la forma en que deja a los que mata... Sé que no es humano, el muy hijo de la chingada es uno de ellos, pero no parece tener motivos para hacer lo que hace. Con estos pensamientos caminaba sin rumbo por la ciudad esperando una idea, cualquiera.
            Pasó junto a un puesto de tacos. Un televisor encendido que muy pocos clientes veían sintonizaba un canal de noticias y como la presentadora le gustaba al cazador éste se quedó viéndola. Se le ve bien ese escote, pensó. Se dispuso a caminar cuando el aparato perdió la señal con un zumbido. Aunque no era muy fuerte lo hizo detenerse y voltear a verlo. Los demás no dieron señales de haber notado ningún cambio, continuaron como si nada. Ve al sur de la ciudad, le dijo una voz conocida aunque no lo suficiente, hay un cine abandonado, muy grande, tienes que ir. Cerró los ojos un momento, cuando los abrió la imagen estaba normal y la gente seguía viendo el noticiero.
            Miró alrededor como si estuviera perdido. Era el colmo, aparte de no encontrar al vampiro aquél se volvía loco. Pero esa voz. ¿Dónde la había escuchado? No importaba, ¿o sí? Todo este asunto se ponía muy mal, sin pistas. ¿Qué tenía que perder? Trató de recordar en dónde había un cine abandonado y al sur de la ciudad.
Donde conoció a su mujer.
Detuvo un taxi y fue hacia allá.


—No tengas miedo—el semblante del secuestrador era neutral—. Ya hemos vivido esto, tu corazón latió como ahora muchas veces antes. La vida se formó y fue aniquilada una y otra vez, el universo se expandió hasta alcanzar su máximo esplendor para volver a unirse en un núcleo que daría origen a otro universo, siempre, sin detenerse. Todo en medio de la oscuridad—el Asesino Blanco olió la rosa que tenía entre los dedos.
La joven se limitó a verlo.
—Cuando vean el mural que voy a hacer con tu carne—continuó el criminal, como saliendo de un sueño—, ese idiota por fin va a encontrarme. Todo saldrá bien y tú serás una obra de arte.
La había amarrado de pies y manos. Con los ojos irritados de tanto llorar pudo ver las estrellas en lo alto. Sintió un viento frío que soplaba moviéndole los cabellos, mientras en su entrepierna, la tela se pegaba con su piel: se había orinado momentos atrás.
—Quizá en esta fracción de la historia infinita nos liberen a ambos—comentó el hombre de blanco antes de guardar silencio. Caminó hacia el borde del techo para saltar hacia abajo.
Tendida como estaba recorrió el lugar con la vista. Podía ver el concreto de la azotea, una compuerta blanca y cuadrada de mantenimiento y el cielo nocturno sobre todo eso. La superficie dura lastimaba sus costillas, se dio la vuelta girando el tronco y se acomodó mejor. No tenía ganas ni fuerzas para gritar. Estaba derrotada. Una lágrima de frustración recorrió su mejilla. Lloró.


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