Aquella historia siempre había
intrigado a Juan: en el 75 un hombre saltó del edificio frente al parque
municipal, para estrellarse contra el pavimento y morir. Después de revisar el
cadáver, los paramédicos dijeron haberle encontrado algunos aparatos
desconocidos entre las ropas, además de una nota que decía: no puedo más. En el
inmueble dijeron no conocerlo. Un albañil que trabajaba en la acera de
enfrente, dijo haber visto al suicida sacando la cabeza por la ventana antes de
saltar. Minutos más tarde, los transeúntes se encontraron al cadáver sobre una
mancha de sangre negra.
El hecho se siguió contando por décadas, pues al hacerse
público que el cuerpo había desaparecido de la morgue, la gente comenzó a imaginar.
Juan creció escuchando las diferentes versiones del cuento; que si el hijo loco
del señor del cuarto piso, encerrado por su propia familia para evitar
vergüenzas, que si el espectro del conserje enojado. Cuando fue mayor, sabía
que sólo en un lugar deseaba vivir: el departamento nueve, del edificio frente
al parque. Al instalarse comenzó a sentirse emocionado. Por fin estaba en el sitio
donde hace años, un hombre se había lanzado al vacío, para después desaparecer
sin dejar rastro atrayendo la atención pública.
Una tarde, mientras leía un volumen le dio hambre y salió
a la calle para comer algo. Al caminar pensaba que el hombre, es incapaz de
conocer todos los recovecos del universo, viendo milagros y espectros donde los
fenómenos físicos operan con fuerzas, que aún no han sido medidas por la
ciencia. Regresó para leer otro poco del mismo libro de antes, pero en un
capítulo diferente, antes de quedarse dormido sobre el sofá. Lo despertó un
sonido en la calle: la música era acompañada por la voz de un hombre que
prometía progreso, cambio, bienestar. Otro político, pensó Juan, al tiempo que
se ponía de pie para cerrar la ventana. Al hacerlo, de forma mecánica llevó las
manos hasta el armazón de metal que rodeaba al vidrio, sin reparar mucho en el
exterior. Hasta que vio la camioneta que pasaba dando publicidad al candidato.
Era un modelo de Chevrolet 64, portando tres altavoces en el toldo, y con el
escudo de un partido político sobre las puertas.
En la calle había otros automóviles de modelos antiguos,
niños jugando a la pelota o con canicas, y en general, personas con ropas de
estilo anticuado y peinados viejos. Por un momento sólo se contentó con
observar. Sacó la cabeza para verlo todo con detenimiento; el viento le enfrío
las orejas y revolvió su cabello. Vio en la acera de enfrente a un hombre que
instalaba un andamio junto a una pared a medio terminar.
No supo qué sentir al ver aquella escena que le ofrecía
su ventana; el hombre que trabajaba enfrente lo miró un momento antes de
arrojar mezcla sobre los ladrillos. Le gritó tratando de llamar su atención,
pero el trabajador continuó en lo suyo, sin volverlo a ver. Se dio cuenta que
todo eso le parecía muy familiar, y un vacío se formó en su estómago, pues
durante años, la gente había estado contando historias sobre él y su cuerpo sin
vida en el pavimento.
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