martes, 8 de julio de 2014

EL FARO




— ¡Alegre Baudelaire! ¡Señor de los iluminados! ¡Cuánto me alegra encontrarte aquí!—dije al reponerme de la sorpresa— ¡Por fin te conozco, dador de justicia! ¡Por ti sabemos que se puede ser inmortal naciendo pobre!
El maestro me miró por un momento para después voltearse hacia las nubes púrpura que flotaban sobre nosotros y habló:
— ¿Pero quién eres tú, muchacho?—me preguntó en un español perfecto que tal vez aprendió en el inframundo—. ¿Cómo es que me conoces? ¿Eres una alucinación del opio? ¿O tal vez un fantasma efímero del vino? Responde.
— ¡Con gusto, maestro! Llama de la razón—respondí sin prestar atención la planicie desierta en que nos encontrábamos. Un cruel viento helado soplaba desde un mar lejano que se abría más allá de un faro oscuro e imponente, el cual teníamos por única prueba de civilización—. Yo soy un discípulo tuyo, bueno, aunque no directo, he leído y disfrutado tus Flores del Mal y ahora me preparo para seguir tu camino.
— ¿Mi camino?—preguntó con sorpresa—. ¿Pero es que los hombres aún me recuerdan?
—Desde luego que sí, eres el ejemplo de muchos, entre ellos yo—contesté a mi héroe—: sabemos de tus sufrimientos y tu pobreza.
Una risa seca se dejó escuchar desde los labios del escritor.
El poeta caminó hacia el faro y yo le seguí, esperando algún secreto que pudiera serme revelado por aquél. Sin importarme dónde estaba yo, si había muerto o deliraba por alguna congestión alcohólica.
—Así que tú también eres un enamorado de la mujer y del vino—me dijo mientras caminábamos.
—Por supuesto que sí—le dije, indignado.
— ¿Un poeta?
—Lo intento.
Llegamos al faro y nos detuvimos. Contemplamos el mar. De pronto, el poeta avanzó hacia la puerta blanca, que contrastaba con la superficie negra de piedra, y la abrió.
—Fue un placer conocerte muchacho—me dijo mientras entraba—. Adiós.
—Pero, ¿me dejas?—pregunté, apremiado porque no me dejara afuera.
—Debo estar aquí, en mi faro.
— ¿Puedo entrar?
—Debes construir el tuyo—me contestó antes de cerrar la puerta.
— ¡Miserable!—exclamé furioso—. ¡Ya verás! Mi memoria opacará a la tuya y serás olvidado.
Fue entonces, cuando regresando al mundo vigil, desperté. Y hasta ahora he estado preocupado, quiero volver a soñar y disculparme.



Cuento publicado originalmente en la antología de Jóvenes Creadores del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Aguascalientes. Escrito con la beca otorgada en la convocatoria 2008-2009 del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico de Aguascalientes. 

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