— ¡Alegre Baudelaire! ¡Señor de los iluminados! ¡Cuánto me alegra encontrarte aquí!—dije al reponerme de la sorpresa— ¡Por fin te conozco, dador de justicia! ¡Por ti sabemos que se puede ser inmortal naciendo pobre!
El maestro me miró
por un momento para después voltearse hacia las nubes púrpura que flotaban
sobre nosotros y habló:
— ¿Pero quién eres tú,
muchacho?—me preguntó en un español perfecto que tal vez aprendió en el
inframundo—. ¿Cómo es que me conoces? ¿Eres una alucinación del opio? ¿O tal
vez un fantasma efímero del vino? Responde.
— ¡Con gusto,
maestro! Llama de la razón—respondí sin prestar atención la planicie desierta
en que nos encontrábamos. Un cruel viento helado soplaba desde un mar lejano que
se abría más allá de un faro oscuro e imponente, el cual teníamos por única
prueba de civilización—. Yo soy un discípulo tuyo, bueno, aunque no directo, he
leído y disfrutado tus Flores del Mal y ahora me preparo para seguir tu camino.
— ¿Mi
camino?—preguntó con sorpresa—. ¿Pero es que los hombres aún me recuerdan?
—Desde luego que sí, eres
el ejemplo de muchos, entre ellos yo—contesté a mi héroe—: sabemos de tus
sufrimientos y tu pobreza.
Una risa seca se dejó
escuchar desde los labios del escritor.
El poeta caminó hacia
el faro y yo le seguí, esperando algún secreto que pudiera serme revelado por
aquél. Sin importarme dónde estaba yo, si había muerto o deliraba por alguna
congestión alcohólica.
—Así que tú también
eres un enamorado de la mujer y del vino—me dijo mientras caminábamos.
—Por supuesto que sí—le
dije, indignado.
— ¿Un poeta?
—Lo intento.
Llegamos al faro y
nos detuvimos. Contemplamos el mar. De pronto, el poeta avanzó hacia la puerta
blanca, que contrastaba con la superficie negra de piedra, y la abrió.
—Fue un placer
conocerte muchacho—me dijo mientras entraba—. Adiós.
—Pero, ¿me
dejas?—pregunté, apremiado porque no me dejara afuera.
—Debo estar aquí, en
mi faro.
— ¿Puedo entrar?
—Debes construir el
tuyo—me contestó antes de cerrar la puerta.
— ¡Miserable!—exclamé
furioso—. ¡Ya verás! Mi memoria opacará a la tuya y serás olvidado.
Fue entonces, cuando
regresando al mundo vigil, desperté. Y hasta ahora he estado preocupado, quiero
volver a soñar y disculparme.

No hay comentarios:
Publicar un comentario